Hola chicos y chicas!
Lo primero, al ver que todos estáis de exámenes (como yo), desearos suerte y daros muchos ánimos, que estamos casi en junio!
Lo segundo, y ahora tiene relación con Scarlet, el fin de semana pasado estuve escribiendo y pensé que me daría tiempo a colgar otro capítulo esta semana, incluso dos, pero hoy, estudiando, me he dado cuenta de lo bonito que es soñar... Pensaba que el finde que viene (2 y 3 de junio) podría colgar más capítulos peeero..... el deber llama y hay que estudiar.
Y ya me despido, deseándoos suerte de nuevo y con la cabeza llena de nuevos capítulos.
Un beso :)
PD: Aquí una servidora (yo), quiere afiliar blogs y no tiene ni idea (la inexperta). ¿Sería algún o alguna sectero o sectera tan amable como para dejarme un comentario con las instrucciones? se lo agradecería eternamente.
PD2: Tuve la intención de colgar fotos de los personajes pero basándome en experiencias propias he decidido no hacerlo, dado que yo prefiero imaginármelos por mi misma. Puede que más adelante ponga alguna pero no espereis que lo haga.
martes, 29 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Capítulo 4
La Décima Secta. Había oído
rumores sobre ella pero más que rumores eran pequeñas bromas entre las sectas
que nadie se había llegado a plantear
seriamente. La Décima Secta. El impacto fue tal que apenas llegué a articular
palabra. La Décima Secta. No era posible, no era real que Alexander perteneciera
a ella. A la Décima Secta. Ya era raro encontrarse con alguien que no
pertenecía a una pero por un momento pensé que él podría ser mi excepción. La
excepción a mi horrible destino. La Décima Secta.
-¿Scarlet?-
dijo su ronca voz. De pronto habíamos enmudecido los dos, hasta que él se
atrevió a hablar.
-Estoy
bien, estoy bien…-susurré esperando que me oyera.
-Lo
siento, no debería habértelo soltado tan de repente. Me pareció que al estar
destinada a ser la siguiente superiora de la Secta Sangrienta sabrías
algo.-comentó como si quisiera excusarse. Como si yo hubiera hecho un bizcocho
y él se lo hubiera comido antes de yo terminarlo. Me enfadé muchísimo.
-¡Yo
no estoy destinada a nada! ¡No tienes derecho a hablar sobre mi destino!-
exploté.
-Lo
sé, lo sé. Lo siento. También quería hablar de eso contigo.
-¡No
hay nada que hablar!- grité. No me gustaba ni que Abigail, que pertenecía a
otra secta, la secta Byrel, mencionara mi futuro. El futuro que yo estaba
dispuesta a esquivar a toda costa.-Vamos a lo importante, ¿la Décima Secta?
Tengo entendido que solo hay nueve. ¿La Décima Secta?
-Eh…
Sí, bueno… -igual que yo, no estaba cómodo con aquel tema. Pero alguien o algo
le obligaba a seguir con ello. Y yo me decantaba por alguien.
-Sigue.-me
había recuperado un poco del golpe y volví a alzar mi muro.
-Siempre
ha habido una décima secta. Somos como el gobierno de las demás, y estamos
ocultos a ellas del mismo modo que ellas están ocultas a los Ignorantes.-Así es
como llamaban las sectas y sus integrantes a los humanos que no conocían su
existencia.-Mi madre es la superiora de esta secta y solo yo, y ahora tú, lo
sabemos.
-¿Por
qué se oculta?-pregunté extrañada. Normalmente, ser superior de una secta era
como ser el rey de un país. Un gran honor. Salvo para mí, que estaba destinado
a convertirse en un infierno.
-Bueno,
ella es una integrante más del Alto Consejo pero nadie sabe que en realidad es
la superiora. Se oculta por los ataques de los demás miembros del Consejo para
conseguir el puesto. Si no saben a quién atacar
no atacan, tan simple como eso.-concluyó con una sonrisa.
-¿Y
dónde entro yo en todo esto? Y sobre todo, ¿por qué me revelas el secreto de tu
madre?
-Bueno,
quiero que confíes en mí, al principio no era parte del plan. La cuestión es
que el Consejo se ha enterado de que la Secta Sangrienta está convencida de que
tú eres la reencarnación de su diosa y que está dispuesta a todo para
conseguirte. Pero la Décima Secta no está tan convencida. Y por eso me han
enviado, para ayudarte y protegerte.
-Pues
no sé si os habíais enterado, pero tengo una guardia de los sangrientos
siguiéndome las veinticuatro horas por mi protección.-le comenté con cierta
chulería.
-Estupideces,
solo está ahí para evitar que intentes fugarte y perderte de vista, pero si
alguien te diera una paliza no creo que moviera un dedo hasta que estés a punto
de palmarla.
-Ah,
que agradable oír eso. Yo pensaba que lo único bueno de todo esto era la
protección. Veo que me equivocaba, no hay nada bueno en todo esto.-dije más
afligida de lo que me habría gustado.
Habíamos terminado de comer y yo ni
reparé en ello. Hasta me lo tuvo que decir él. Pedí otra Coca-Cola y le dije a
la muñequita que se olvidara del pastel de chocolate pero me dijo que ya estaba
listo y a punto de traerlo así que Alexander se lo comió. Pagó con extrema
rapidez y me fijé en la cantidad de tarjetas de crédito que tenía. También
había muchos billetes en su cartera, y la foto de una niña pequeña pelirroja.
Andamos hasta su reluciente, espectacular y
negro coche y, como antes, me abrió la puerta. Esta vez no hizo ningún comentario
sarcástico y lo eché en falta. Había aprendido a desenvolverme mejor con la
gente sarcástica que con la amable.
Llevábamos medio camino hecho y
ninguno había pronunciado palabra en todo el trayecto. Me fijé en que se
desviaba, pero en aquel momento no me importó. Que hiciera lo que quisiera, yo
me entregaba a él. Como si me quería llevar a la sede de la Décima Secta para
diseccionarme y averiguar si yo era realmente quien pretendían que fuera.
Paró a un lado de la carretera pero
no le di importancia. Hasta que habló.
-No
soporto esto ni un minuto más. Di algo. Algo. No puedes quedarte callada y
seguir haciendo como si nada hubiera ocurrido. Acabas de descubrir uno de los
secretos más antiguos de la humanidad y ni siquiera te inmutas. Habla, por favor.-terminó
aquella intervención más que como tal, como un ruego.
Tenía el pelo alborotado y el sol le
reflejaba en las pestañas. Estas iluminaban sus enormes ojos y en aquel momento
me rendí. Mandé todo a la mierda. Mandé a la mierda las sectas, a la diosa y
todo aquello que tuviera relación con ellas. A todo menos a Alexander.
Así que en un acto de locura y de
puro impulso me fui acercando y le besé. Le besé, no me besó el. No, le besé.
Me habían besado muchas veces pero yo nunca había besado. Y descubrí lo
maravilloso que puede ser que te devuelvan un beso.
Me sorprendió la rapidez con la que
sus manos buscaron mi cintura y también me sorprendió que yo no hiciera nada
por evitarlo. Realmente, este beso era el mejor de mi vida. Yo amoldé mis manos
a su pelo con una facilidad asombrosa y me di cuenta del escalofrío de placer
que le recorrió cuando empecé a acariciar la parte posterior de su cuello. Me
lo devolvió metiendo las manos bajo mi blusa y recorriéndome la espalda con sus
largos dedos.
Habríamos seguido, y solo la diosa
sabe que habría ocurrido, si yo no hubiera recuperado el sentido común y parado
aquella muestra de afecto.
-No,
no pares.-murmuró él en mi oreja, produciendo una gran satisfacción a todos y
cada uno de los nervios de mi cuerpo.
-Vamos
a parar Alexander.-le dije. Y, creedme, me costó horrores.
Se fue separando lentamente de mí y
cuando ya nos habíamos vuelto a sentar correctamente le miré de reojo. ¡No era
posible! Estaba aún más guapo que cuando le había besado. Me entraron ganas, y
no sabéis lo que me costó frenarlas, de besarle de nuevo. Pero si algo bueno me
caracteriza es mi mente fría y mi rostro impasible .Así que cuando nos pusimos
en ruta de nuevo yo llevaba otra vez la máscara de chica dura.
-Ha
sido increíble Scarlet.-me dijo emocionado.
-Lo
sé Alexander, lo sé.
-Cuando
te dije que me dijeras algo no me refería a esto pero que sepas que no me ha
disgustado nada.- Seguía emocionado.
-A
ver Alexander, que quede clara una cosa. En unos meses tengo un ritual de la
Secta Sangrienta. La diosa de su secta es incapaz de amar, solo quiere lujuria
y sexo. Por tanto, no vamos a empezar a salir.
-¿Qué
tiene eso que ver con que no podamos salir?- preguntó confuso.
-Pues
eso, que yo no soy la diosa. Y si ven que amo a alguien ellos también lo
creerán. Me acusarán de farsante y terminaré muerta en uno de sus rituales de
alabanza a la diosa que un día pretendieron que fuera. O algo peor.
-Ni
hablar Scarlet, recuerda que estoy aquí para protegerte.- replicó convencido.
-Alexander,
no puedes luchar contra millones de personas. ¿Pretendes deslumbrarlos con tu
sonrisa o agitar tus pestañas hasta que mueran? Porque puestos a eso yo me
pongo a menear las caderas y a guiñarles el ojo.-comenté intentando enfriar la
conversación. Pero conseguí lo contrario.
-Oye
Scarlet, recuerda que hay una secta al otro lado. La Décima Secta. Y que soy el
niño mimado de su superiora. Así que decidido, mañana te paso a recoger a las
ocho.
Este tío me exasperaba. ¿Quién se
creía que era? ¿Alguna especie de rey Arturo moderno? De repente se me ocurrió
algo.
-Pero
Alexander, ¿y Abigail?-pregunté fingiendo pena.
-Que
le jodan a Abigail. Si tú hubieras salido con mi mejor amigo no te preguntaría
acerca de él. Yo te gusto y tú me gustas. Puede que no estemos destinados a
tener un romance de novela del siglo dieciocho pero somos jóvenes. No permitas
que todo esto de las sectas te amargue
la adolescencia.
Joder. Joder, joder, joder. Además
de guapo, era razonable. Y además de razonable besaba bien. Muy bien. Y decidí
hacer como cuando le besé. Mandar todo a la mierda. ¡Tenía razón! Si las demás
chicas podían salir con sus novios, ¿por qué yo no? ¿Por qué era la supuesta
reencarnación de una diosa? ¡NO!
-Tienes
razón Alexander, pero tendré que hablar con Abi y que me cuente todo lo
vuestro. No quiero hacerle daño después de lo de ese tío loco de la secta.
-Esté
bien. Pero recuerda que aún me tienes que contar toda su historia y tenemos que
averiguar que quería realmente. Y recuerda también que mañana hemos quedado a
las ocho.
Dijo eso porque estábamos llegando
al colegio. Solo había unos quince minutos del restaurante al colegio pero
había sido el viaje más aprovechado de mi vida. Cuando vi aparecer las torres
del Regina’s College me alegré bastante. No quería separarme de Alexander tan pronto
pero había pasado tanto y tan rápido en aquellas dos horas…
Le di un rápido beso en la mejilla
derecha y salí disparada hacia el colegio, quería hablar con Abi lo antes
posible. De repente me acordé de que se me había olvidado preguntarle algo a
Alexander y repetí la carrerita hacia su sitio en el aparcamiento. Grité su
nombre y cuando se giró me acerqué unos metros más.
-¿Te
has tirado a Abi?- le pregunté. Quizá no fuera lo primero que se pregunta a un
chico cobre su ex novia pero yo no soy normal.
-Perdí
la cuenta querida, perdí la cuenta.- Y sonrió como si le fuera la vida en ello.
Cuando volvía corriendo al edificio
pensé: ‘Mi Alexander ha vuelto, y con él, su sarcasmo’
viernes, 11 de mayo de 2012
Capítulo 3
Y, efectivamente, me llevó al Cielo. Un restaurante del centro de la ciudad que se llama Cielo. No lo conocía pero cuando entramos observé a la gente que comía allí. Eran más bien pocos y todos ellos vestían considerablemente bien, aunque no era uno de esos restaurantes en los que te cobran hasta por entrar. Así que supuse queAlexander me había llevado allí, no con la intención de impresionarme con sudinero, si no para cautivarme con su personalidad. Y no me gustaba.
Nos acercamos a la que parecía serla maître. Era una mujer pequeña y rubia, no muy guapa, más bien mona.Alexander le dijo que tenía una reserva a mi nombre y ella nos condujo a unamesa para dos que estaba situada al lado de la ventana y nos dejó las cartas.Espera, ¿reserva a mi nombre?
-¿Porqué has reservado con mi nombre?
-Porquesabía que aceptarías.-dijo a la vez que esbozaba una sonrisa.
Mierda, ahí estaba otra vez lasonrisa. Me prometí a mi misma que dejaría de mirarle cada vez que sonriese. Élpensaría que me daba vergüenza o algo ridículo pero me resultaba indiferente,yo solo quería dejar de ver la sonrisa.
-¿Qué quieres Scarlet?-Yo había estado mirando la carta y me decidí al momento.
-Raviolis rellenos de pollo al curry con salsa alfredo
-Buena elección. Yo pediré lo mismo.
-No quiero que pidas lo mismo que yo.-dije claramente irritada.
-Lo sé.
Cabrón, pensé.
-¿Qué desean?- nos preguntó la rubita de antes. Si que parecía una muñeca.
-Dosplatos de raviolis y, ¿qué quieres beber?
-Coca-cola.-contesté.Soy adicta a la Coca-Cola. Me gustaría que la inventasen en formatointravenoso, para inyectármela en vena. O para esnifarla. La cuestión es quesiempre bebo Coca-Cola.
-Dos Coca-Colas por favor.
-¿Algomás?
-Un trozo de pastel de chocolate.-odio el pastel de chocolate. A ver, me gusta elchocolate y el pastel pero todo junto me da arcadas. Aunque sea el mejor delmundo. Solo lo pedí para fastidiarle.
-Enseguida.
La muñeca se fue y me quedé conAlexander. Era jodidamente guapo. Lo odié por ser tan guapo. Esto va a sonarabsolutamente egocéntrico, pero es verdad. Yo también soy jodidamente guapa. Escierto. La verdad es que nos parecemosbastante. Somos morenos, ojos grandes, el los tiene marrones y yo un pocoverdosos, y somos altos. Podríamos ser hermanos.
-¿Cómohas llegado a ser delegada durante tantos años?-preguntó despertándome de mispensamientos.
Mesorprendió que se interesara por eso. Y me gustó que se interesara por eso. Erauna buena pregunta.
-Puesser capitana de las animadoras ayuda un poco. Ser guapa, lista y estar buenatambién. Pero con eso solo te ganas los votos de algunos chicos y lasanimadoras. Lo que me ha mantenido en el trono tanto tiempo ha sido mi relacióncon los profesores. Solo yo sé desafiarlos y retarlos respetuosamente para que a los alumnos nos den lo mejor. Soloyo. Y eso es lo que la gente quiere.
-Vaya,hablas como una auténtica delegada.
-Lacostumbre.
Él no contestó y se creó un incómodomomento de silencio. Me estaba mirando y por eso decidí hacerme la distraída yfijarme mejor en aquel restaurante. La ventana cerca de la que estábamos eraenorme y se veía un bonito palacio desde ella. Yo conocía ese palacio pero laúltima vez que vine no estaba este sitio en frente. Volviendo al restaurante,este tenía dos pisos y nosotros estábamos en el primero. Observé que el segundopiso parecía un prostíbulo porque tenía unas gruesas cortinas de terciopelorojo cubriendo la hermosa vista de la ventana. También había una luz roja quevenía de algún punto que no logré ver. No había nadie en aquel segundo pisopese a estar lleno de mesas.
-¡Scarlet!-gritóalguien. Gritó Alexander.
-¿Qué?
-¡Tehe preguntado si te gusta el mar!-me respondió algo irritado. Con ese gesto enla cara se le formaban unas arrugas muy graciosas cerca de la oreja.
-Am…-dijesin saber que responder. Me gustaba el mar pero no la playa, y eso fue lo quele dije.
-Megusta el mar, pero no la playa.
-Oye,Scarlet tengo que pedirte algo.-me dijó mientras se rascaba el cuello,incómodo.
-Suelta.-contestésin mucha amabilidad. A saber que me iba a pedir este…
-Essobre Abigail.-Vaya, me imaginaba todo menos eso. Aunque es normal, dado que seconocieron antes que yo.-Verás… este verano hemos ido juntos a un campamento y…-asíque era verdad. Bueno, una cosa menos de lo que preocuparme, pensé.-Y, en fin,salimos juntos durante unas semanas.-murmuró rápidamente. No puede ser, penséyo. Mi chico moreno de ojos enormes y pestañas infinitas, sin contar su perfilgriego y su sonrisa divina, había salido con Abigail! En fin, tuve que calmarmey dije:
-¿Y?
-Y…cortamos porque ella decía nosequé de que un ex novio suyo le perseguía yestaba celoso. Me ofrecí a hablar con el chico para que la dejara en paz perose negó rotundamente murmurando algo sobre una secta. Lo que te quería pedir esque me dijeras algo, si lo sabes, sobre ese tío.-desconecté al oír la palabrasecta.
Las sectas, las sectas eran lo que me habíapasado durante el verano, las sectas eran lo que me hacía montarme en loscoches de tíos prácticamente desconocidos, y, las sectas eran lo que me hacíamentir a mis amigas. Os contaré.
El verano pasado, justo antes determinar el curso, como ya os he contado, Abigail tuvo un problema con sunovio. Él le intentó pegar. Esa es la versión oficial, la que Abi y yocontamos. La verdad era que ese tío pertenecía a una secta. Una de las nuevesectas que existen en el mundo. Las hay de todo tipo, son como grandesmultinacionales y la gran mayoría de la gente pertenece a una. Yo no tenía nila más mínima idea de su existencia hasta que me enteré de que una secta, lasecta sangrienta, la más horrible y cruel de todas, buscaba a una tal Scarlet Waltsen, la que, según sus profecías, era la reencarnación de la Diosa Escarlata. Claro, y yo me tenía que llamar Scarlet. No me podía llamar María o Lucy, no, Scarlet.
Ese novio de Abi, era, y es, una especie de vicepresidente de la secta, lo cual es extraño según me han dicho. Es extraño ya que por lo que he oído no se llega a ‘vicepresidente’ hasta una cierta edad, muy por encima de la de su ex novio, que no pasaba de losveintitrés.
¿Y por qué me permito hacer esetipo de locuras? Porque hay una guardia de la secta las veinticuatro horasvelando por mi seguridad. Y a la menor señal de alarma salta para proteger a sudiosa. Pero ya os contaré más conforme avance la historia.
Y en eso estaba yo pensando cuandovi que la muñequita se acercaba llevando dos vasos y dos platos en una bandejacon una gran habilidad. Cuando llegó a la mesa nos dijo:
-Aquítenéis chicos.-sonrió.- Dos platos de raviolis y dos Coca-Colas. ¡Qué aproveche!
-Gracias.-susurré yo.
Parecía que Alexander se estabatomando mi silencio como una reflexión a sus palabras porque no me interrumpióhasta que vió que yo no parecía tener intención en contestarle.
-Scarlet,¿contestas?
-Si.-dije.Habría dicho lo mismo si me llega a preguntar por el tiempo
-Scarlet,sé lo de las sectas. Sé que pretenden que seas su superiora. Sé que negarse ala secta sangrienta tiene sus consecuencias. Y sé que yo pertenezco a la décimasecta.
domingo, 22 de abril de 2012
Capítulo 2
-¿Tienen ganas de hablar señoritas?
No soportaba al señor
O’Rozzi, era demasiado irritante. Mandaba callar hasta a las moscas y eso podía
conmigo. Y lo peor de todo, ese año, era nuestro tutor.
-Si quiere hablar podría exponer los nuevos planes
del año del voluntariado señorita Waltsen. Y usted, señorita Sparks, podría
recoger los votos de la elección de delegados por las clases.
-¿No puede leerlos otro? Es que eso de ayudar no me
gusta mucho ¿sabe?-comenté.
-Y, ¿es necesario que me levante de la mesa? Creo
que me he lesionado la espalda y me duele mucho.-dijo Abigail en tono burlón.
-Si señoritas, hagan lo que les ordeno.
-Esta se la guardo señor O’Rozzi.-dijo Abigail
mientras se levantaba. Después se dirigió hacia la puerta, la abrió y la cerró
estrepitosamente después de salir.
-Adelante Waltsen, deléitenos con sus palabras.
Me levanté de la mesa
mientras intentaba recordar cómo funcionaban las reglas del voluntariado. Un
año estuve en el grupo y fue una experiencia odiosa, jamás la repetiría. Todos
eran demasiado amables, demasiado felices y amigables…Me dio escalofríos. Como
bien había dicho antes, eso de ayudar no me gusta mucho.
-Pues…creo que era algo de una recogida de alimentos
¿no?
-Continúe señorita, continúe.
-Ya…¿colecta de dinero para la parroquia? Y ayuda
económica para la asociación esa de…si, para esa asociación.-contesté sin tener
ni idea de lo que estaba diciendo.
-¿Se refiere a la asociación contra la pobreza no?
¿Esa asociación de la que soy presidente?
-Sí, será esa.-había metido la pata.
-No sé cómo el curso la elige delegada cada año
desde hace cinco. Es algo que no termino de entender. Teniendo a la señorita
Iles en clase no entiendo que prefieran a nuestra querida Scarlet Waltsen.
Lucinda Iles era, con
diferencia, la chica más idiota del curso. Era una zalamera y casi todos los
profesores la adoraban. Imagina la típica chica bronceada y con un pelazo rubio
de impresión, seguro que conoces a alguna así. Es animadora, aunque no le sirve
de mucho siendo yo su capitana. Y cada año me eligen delegada. Por eso me
odiaba.
-Pues verá, yo soy delegada cada año porque me
eligen. Es lo que quiere el curso. Porque por mucho que usted adore a Lucinda
el curso no la va a elegir como representante porque traiga tartas a todos los
profesores cada viernes. Todos saben muy bien que solo defendería sus
intereses. No sabe lo peligroso que es tener a una rubia de delegada.
Y después de este discursillo, toda la clase, menos
Lucinda, aplaudió.
-¿Ve señor? A eso me refiero.-dije
Justo en ese momento, Abigail entró por la puerta y
dijo:
-Ya estoy aquí.
-Muy bien señorita Waltsen-comenzó O’Rozzi- veamos
que dice este año el consejo.
Vació la urna de votos
y comenzó a contabilizar. Muy lentamente. Demasiado despacio. Todos contábamos
los minutos que llevaba sacando y leyendo papeletas. Fueron unos veinte minutos
para contar ciento cincuenta votos. Creo que los contó varias veces por si
mágicamente aparecía el nombre du su protegida en ellos.
Carraspeó y dijo:
-Bien, este año la representante de todo el curso
será la señorita Scarlet Waltsen.
-¡Sí!-exclamé- ya son seis años señor. El año que
viene uno más, me iré a la universidad y adiós Scarlet! Pero las Waltsen
marcamos y mi hermana Molly en dos años podrá ser delegada de su curso. Tendrá
que aguantar otros siete años de mandato Waltsen porque la chica tiene madera,
sigue los pasos de su hermana.-dije con una sonrisa triunfal.
Estando yo en mi
momento de restregar por la cara al profe mi elección, alguien entró en el aula
sin llamar, se sentó en un pupitre y dijo:
-Disculpe señor, ¿es esta mi clase?
Me giré y ahí estaba de
nuevo. ‘No por favor’, pensé. Pero con o sin favor no se iba a ir. No me
gustaba nadie desde los cinco años (y me molaba un oso de peluche), no me podía
gustar alguien ahora. Pero era tan exageradamente guapo. Y tan sexy que me iba
a resultar muy difícil. Lo bueno era que tenía toda la pinta de ser un
gilipollas. De esos que se creen que están súper buenos y que son
irresistibles. Pero claro, de esos hay dos tipos. Los que se creen que lo son y
no lo son, y los tíos como Alexander que se lo creen y lo son, pero mejor. Mi
horrible tutor me sacó del embobamiento cuando dijo:
-Dígame su nombre y le contestaré gustosamente.
-Alexander Stain.
-A ver…Alexander…Alexander… ¡Correcto! Ha venido
usted al aula acertada-mierdamierdamierdamierda-.Señorita delegada, si no le
importa, ¿podría hacer los honores?-más mierda.
-Oh, por supuesto. Alexander Stain, bienvenido al
Regina’s College. Todos esperamos que disfrutes y aprendas entre nosotros y
tengas una feliz estancia.-dije aquello como si estuviese en algún funeral.
-Gracias Scarlet, veo mucho entusiasmo en que yo me
encuentre aquí.- que voz más endiabladamente tentadora.
-Tome asiento Waltsen.- dijo O’Rozzi.
Cuando se disponía a
hablar, sonó el timbre que avisaba de la comida. Había estado toda la mañana en
clase de ese odioso ser que era mi tutor, y me moría de hambre. Iba a girarme
para decirle algo a Abigail, pero al mirar a su pupitre comprobé que la muy
traidora se había largado cuando yo recogía mis cosas. Lo había hecho a posta
porque sabía que Alexander me iba a hablar. Y, efectivamente, me habló:
-Honorable delegada de clase, ¿qué le parece si la
invito a comer?- había acertado, era un gilipollas y se creía irresistible.
Mejor para mí.
-Verás, solo como con gente que no me invita a comer
el primer día que me ve en toda su vida.
-Pero yo soy Alexander Stain, conmigo puedes hacer
una excepción.
-Lo recuerdo. Yo soy Scarlet Waltsen. Y por si no te
lo había comentado, no me gustan las excepciones.
-Ambos sabemos que al final vas a decir que sí, así
que mejor ahórrate el número de tía buena difícil y vámonos a un buen
restaurante.
-Mira, te diría que no. Pero me resultas tan
graciosamente ridículo que para que tengas una amiga en este horrible colegio
voy a decir que sí. Pero pienso pedir lo más caro que haya en la carta,
¿entendido?
-¡Bien! No te preocupes por el dinero, pago yo.
-Por supuesto que pagas tú. Si tengo que pagar un
solo céntimo, te arranco la polla a mordiscos.
-No estoy seguro de que eso sea una amenaza que me
disguste.-dijo mientras esbozaba una media sonrisa.
Mientras andábamos por
los pasillos en dirección a la salida, todas y cada una de las chicas nos
miraban. No me resultaba raro ya que me miraban con o sin él de acompañante. Le
pregunté por qué se había mudado a esta ciudad y me contestó:
-A mi madre le han trasladado.- no sé por qué pero
me esperaba algo menos normal.
- Um… interesante.-contesté sin gana.-¿Y de qué
conoces a Abigail?
-Es…complicado.-curioso, ella me había dicho que se
conocieron en un campamento de verano.
Pasaba
de seguir hablando y me sumergí en mis pensamientos mientras seguíamos andando.
Se había quitado las gafas, por estar prohibidas en clase, supongo, y pude ver que
tenía unos ojos grandes y marrones. No sé por qué pero me esperaba que fueran
verdes. Sus pestañas eran larguísimas, mucho más que las mías.
-Que pestañas más largas.-¿Por qué había dicho eso?
-Vaya, gracias. Yo también puedo piropear tu
precioso pelo y tu espectacular cuerpo.
-No te va a servir de nada, pero no te cortes.
Por
fin alcanzamos la salida, y con ella el aparcamiento. Supongo que estaba muy
interesado en llevarme a comer porque en lugar de despedirse de mí, concertar
un sitio y dejar que buscase a Abigail para que me llevase en su original y
viejo coche rosa, me giró hacia él por la cintura y me dijo:
-Vienes en mi coche, nada de irte sin mí. Podrías
escabullirte de la comida y eso me pondría muy triste.
-Vale, en tu coche.- sé que no era muy cuerdo
montarme en el coche de un tío que era mi nuevo compañero de clase, pero más
adelante os desvelaré algo. La razón por la que me permito hacer este tipo de
locuras.
Pareció
sorprendido ante mi respuesta. Quizá había pensado que yo estaría en desacuerdo
o me resisitiría en lugar de acceder tan rápidamente.
Nos
dirigimos hacia el lado este del aparcamiento. Ahí era donde yo solía aparcar
cuando traía mi coche. La mayoría de los días me traía mi madre pero era de
esperar que me gustase conducir mi coche de vez en cuando. La conducción no era
una de mis pasiones pero nunca viene mal alardear un poco. Aunque para alardear,
su coche.
-¿Por qué
tienes un coche que vale como la mitad de los edificios de esta ciudad más los
zapatos que llevo puestos?
-Pues porque mi madre tiene un trabajo, digamos,
influyente.
-No te jode, y mi padre también, pero yo no tengo un
jaguar negro, que por cierto es precioso. Me parece que tu y yo vamos a ser
amigos.- dije con una sonrisa asomando entre mis labios.
El
coche era una preciosidad. Negro y reluciente. Las ruedas de atrás eran
ligeramente más grandes que las de delante y las puertas traseras y delanteras
se abrían en direcciones opuestas. Seguramente si llego a ser una experta en
coches podría adjudicarle más adjetivos que expresasen su perfección y podría
haber notado lo bien equipado que estaba. Lamentablemente no lo era y me tenía
que limitar a admirar lo espectacular, reluciente, y sobre todo negro, que era.
Ese coche se había convertido en el segundo amor de mi vida, después de mi oso
de peluche.
-Oye, ¿qué te parece si dejas de admirar mi coche,
te montas en el asiento de copiloto de cuero de mi coche y conduzco hasta un
restaurante en mi coche?
Monté
en el coche después de que él me abriese la puerta. Le agradecí el gesto y el
montó también. Cuando estuvimos instalados retomé la conversación y dije:
-Claro, vamos a comer tú, tu coche y yo. ¿Dónde me
vas a llevar?
-Scarlet, te voy a llevar a un lugar que jamás
olvidarás. Un lugar llamado Cielo.
domingo, 11 de marzo de 2012
Capítulo 1
-¡Vamos
Scarlet!- gritó mi hermana desde la planta baja. Aquel era el primer día de
colegio y como tal, yo estaba extremadamente alterada. Había que pensar en el
uniforme, en los libros, en la elección de delegados (de la cual yo era
principal candidata), en las amigas y, por supuesto, en pelo, maquillaje y
demás tipo de apariencias externas. Pero yo era Scarlet Waltsen y para cumplir
con mi status quo y mi reputación no
podía llegar tarde. Primer punto importante del curso y yo ya lo estaba incumpliendo.
-¡Vamos!
¡Me estas poniendo histérica!- aulló mi hermana de nuevo. Era gracioso oírla
utilizar palabras como ‘histérica’ y atender a sus gritos ya que solo tenía 10
años. Pero básicamente, tenía una gran presencia en mi casa.
-¡Ya
voy Molly!-le contesté aún más fuerte de lo que ella había gritado. Observé por
última vez mi aspecto en el espejo de cuerpo que tenía colgado unos cuantos
centímetros por encima del suelo, contra la pared izquierda de mi dormitorio.
Mi pelo moreno caía en cascada muy por debajo de mis hombros y mis ojos verdes
con tonos marrón oscuro lucían en medio de mi alargado rostro. Tenía unos
rasgos muy afilados, todo el mundo me lo decía. Igual que mi nariz, que no
pasaba desapercibida. Mi uniforme era un requisito que se había impuesto hace
demasiado tiempo en mi colegio. Lo llevaba desde que tenía tres años y,
creedme, lo aborrecía. Constaba de una falda a cuadros rojos, verdes y azules y
un jersey azul marino. También estábamos obligados a llevar medias y zapatos
del mismo color que el jersey. Lo único que se salvaba era que podías llevar la
camisa que quisieras siempre que fuera blanca. Los chicos llevaban lo mismo
pero en vez de falda, pantalones oscuros, obviamente. Yo había elegido una
camisa de chorreras y había pasado del jersey porque hacía un calor
insoportable pese a ser las ocho de la mañana. Llevaba la falda corta y los
calcetines por la rodilla. Mi última adquisición en una tienda de parís lucía
en mis pies. Unos mocasines preciosos los adornaban y era el calzado más decente que
había usado con el uniforme en años. Volví a repasar mi aspecto y me lancé
escaleras abajo. Al final de estas me esperaba mi hermana Molly, con cara de
evidente cabreo.
-¡Te
he estado esperando diez minutos!- protestó ella-.¿Se puede saber que estabas
haciendo?- esa pregunta exigía mi respuesta.
-Pues
lo de siempre, peinado, maquillaje, uniforme. ¡Cuando ya estoy no me gusta y me
cambio!- le dije aquello en tono de burla porque sabía cuál iba ser su
reacción.
-¡Qué
presumida eres!- me recriminó. Yo no pude evitar reírme y eso la enfadó aún
más.
-Anda
Molly, vamos al coche-. Ella cambió su cara enfadada por una sonrisa en unos
dos segundos. Era una actriz espléndida. La observé mientras se dirigía fuera
de la casa. Aunque no lo admitiera, también se había estado preparando para ir
al colegio. Su melena de rizos castaños y rubios estaba recogida a los lados de
la cabeza, y por atrás le caía una auténtica cascada de bucles. Sus zapatitos
eran propios de una muñeca y se había puesto el jersey de que yo había
prescindido. La seguí mientras pensaba en cuanto la quería. Revisé que mi almuerzo estuviera en la mochila y me metí en el coche después de dar un
beso a mi madre. Antes nos solía llevar mi padre al colegio, pero desde que
trabajaba fuera de le ciudad y solo venía los fines de semana era mi madre quién
nos llevaba. Mi madre llevaba un look
típico de ella. Estaba subida a unos zapatos negros que tendrían como mínimo
unos trece centímetros de tacón. Iba vestida con vaqueros oscuros, camiseta de
tirantes negra y una americana del mismo color adornada con estrellas blancas.
Adoraba la forma de vestir de mi madre y como siempre, le comenté lo guapa que
estaba.
Ya
en dirección al colegio mi hermana empezó con una de sus interminables
conversaciones en las que me veía obligada a participar por el bien de todas.
Cuando llegamos al edificio en el que iba a pasar nueve meses metida, me
despedí lo más rápido posible y me encaminé al patio que me correspondía aquel
año. De repente, mis tres inconfundibles amigas me abordaron a medio camino.
-¡¿Pero
dónde te has metido durante el verano Scarlet?!- exclamó Cindy mientras me
estrujaba entre sus brazos-. ¡Te he echado un montón de menos tía!-. Aquella
chica era una fuente inagotable de energía. Su melena pelirroja lanzaba
destellos bajo el sol de septiembre y su sonrisa deslumbraba. Se había peinado
con una trenza larguísima retorcida y de una forma realmente rara. Solo ella
sabía peinarse así.
-¡Pero
que ven mis ojos! ¡Scarlet Waltsen sigue viva! ¡Y yo que pensaba que dejabas tu
trono libre cariño…!-dijo la siempre sarcástica Abigail durante su interminable
serie de besos en mis mejillas. Su pelo rubio estaba decorado con dos mechas de
color rosa a cada lado de la cara y un piercing
del mismo color en la nariz era su último adorno. Para colmo, también
llevaba puestas unas lentillas rosas. Llevaba un nuevo tatuaje en el cuello.
-¡S!
¡Oh diosa mía! ¡Te he echado muchísimo de menos!- comentó una chica de ojos
azules, pelo rubio y metro cincuenta. Melody, como indicaba su nombre, era
simplemente dulce y melodiosa. Una de esas personas a las que ves e
instantáneamente te gustan. Su pelo rubio miel estaba cortado a la altura
exacta de sus hombros y sus profundos ojos azules transmitían felicidad. Melody
era de alguna religión extraña de la que nunca recordaba el nombre, de ahí lo
de diosa.
Yo
no sabía que responderles así que exclamé:
-¡Tenia
unas ganas de veros alucinantes! ¡Me he pegado el verano entero en Italia y
había una cobertura malísima!-mentira. Mi verano había sido mucho más
complicado.
Todas rieron con la frase y nos dirigimos al
patio de nuevo, solo que esta vez ya estábamos todas juntas y más que
dispuestas a hacer nuestra entrada triunfal. Nuestras miradas y expresiones
eran relucientes y más de algún alumno paró su camino para observarnos. Al
entrar al patio un centenar de estudiantes se quedó mirando a las cuatro chicas
de diecisiete años recién cumplidos que acababan de entrar. Pese a tener una
amistad muy reciente, todos sabíamos que aquel era nuestro grupo definitivo y
que por mucho tiempo íbamos a seguir unidas. Aunque yo les mintiera. Quise
creer que era por su bien, y en parte lo era, pero les mentía de igual forma.
Nos
dirigimos al centro del patio para seguir charlando sobre las clases antes de
que el odioso timbre, que señalaba el comienzo de nuestro encarcelamiento,
hiciera su característico sonido. Entonces yo, por sacar algún tema de
conversación pregunté:
-¿Qué
asignaturas extras vais a elegir este año?
-Yo
creo que voy a coger lenguas muertas y cultura clásica-contestó Cindy
rápidamente.
-Em…
yo creo que este año seguiré con la mitología del señor Grife y las clases de
alemán de nuestra amiga, la señorita Strauss.-aquella fue la respuesta de
Melody-.Y tu Abi?
-Pues
la verdad, yo quiero hacer algo contigo, Scarlet. ¿Qué vas a coger?
-¿Yo?
¡Pues yo lo tengo clarísimo! Voy a hacer drama y posiblemente siga con el
latín, porque se me da genial y la profesora me adora. Y ahora dinos Abi, ¿tú
que harás?- respondí.
-Pues
viendo lo que tú vas a hacer…No lo tengo nada claro. Me gusta drama pero,
seguramente él se apuntará. Creo que cogeré latín, que tampoco se me da nada
mal, y… ¿qué os parece arte?-dijo Abigail con clara inseguridad
-¡Claro!
Se nos había olvidado él. A mí me gusta tu elección Abi.-exclamó Cindy.
Él
es el ex-novio de Abigail. Es realmente odioso y todavía no comprendo por qué
salió con él. El curso pasado tuve que pararle los pies después de que
intentase pegar a Abigail. No es que ella no sepa defenderse sola(es la
campeona de boxeo de la ciudad) pero el chaval era muy cabrón y tuve que
ayudarla .
-Creo
que deberíamos irnos, el timbre está a punto de sonar-comentó Melody.
-¡Tú
siempre tan responsable Mel!-río Abigail.
Y
cuando nos encaminábamos hacia la entrada, ésta
gritó:
-¡Ay
mi madre!
-¡Ay
Scarlet!-exclamó Cindy.
-¡Ay
mi diosa!-susurró Melody.
-¿Qué
ocurre?-pregunté-.¿Habéis visto un fantasma o que os pasa?- pero seguí la
dirección de sus miradas y yo exclamé:
-¡Ay
todo!
Todas
nos miramos con cara de mutua comprensión pero sobre todo, con una sorpresa
increíble. Aquello que nos había dejado boquiabiertas era el tío más
impresionante, puesto que no había otro
modo de describirlo, que había
visto en mi vida. De hecho, era el primer tío que me impresionaba.
Estaba
apoyado sobre la puerta principal con una actitud indiferente que simplemente
me encantaba. El uniforme del colegio le quedaba increíblemente sexy y llevaba
unas gafas Ray-Ban negras del famoso modelo Wayfarer. Tenía el pelo negro y
despeinado, pero aquello lo hacía aún más atractivo. Al llevar los ojos
cubiertos por las gafas, me fue imposible ver el color de sus ojos pero
seguramente eran preciosos.
Tuve
una especie de flechazo momentáneo del que Abigail no tardó en despertarme. Fue
la menos impresionada por aquel tipo. Y, por supuesto, comentó:
-Se
llama Alexander Stain, Alex para los pocos amigos que tiene. Va a nuestra clase
así que vas a tener numerosos momentos para seguir violándolo mentalmente.
-¡Qué
risa Abi!-contesté sarcásticamente-. Dinos, ¿de qué lo conoces?
-¡Ah
nada! Estuve con él en un ridículo campamento de verano al que mi madre me
obligó a ir este año. Lo sabrías si te interesaras un poco por mis actividades
veraniegas, cariño.
-Pues
por primera y última vez en mi vida te envidio, Abi.
Alexander
abandonó su postura indiferente y se dirigió hacia nosotras con un par de
amigos. Cuando pasó a nuestro lado dijo:
-Hola,
Abigail. ¿Cuánto tiempo eh?
-No
suficiente.
-Ya.
Adiós Scarlet.- Y se fue como si nada hubiera pasado, no sin antes guiñarme un
ojo.
Cuando
estuvo suficientemente lejos yo exclamé:
-¿Quién
le ha dicho mi nombre?
-¡Nosotras
no le conocemos!-dijeron Melody y Cindy mientras me miraban
-Pues
yo no he sido…-susurró Abigail
Y,
entonces, sonó el timbre.
Nuevo libro
Hola lectores!
Me alegro de que hayáis llegado hasta mi blog. Aquí voy a ir publicando capítulos de un libro que estoy escribiendo y que me gustaría llegar a editar. Sé que es muy difícil y por eso pido vuestra ayuda. Espero que leáis lo que cuelgo y una vez leído, no dudéis en escribir vuestra opinión, sobre el contenido o sobre mi forma de escribir. Tampoco os cortéis a la hora de hacer alguna corrección o colgar un enlace a un blog, aquellos que estéis interesados en que me pase por alguno o que tengáis el vuestro propio. Espero ansiosa vuestros comentarios, solo queda desear que os guste.
Un besito y disfrutad de la décima secta.
Me alegro de que hayáis llegado hasta mi blog. Aquí voy a ir publicando capítulos de un libro que estoy escribiendo y que me gustaría llegar a editar. Sé que es muy difícil y por eso pido vuestra ayuda. Espero que leáis lo que cuelgo y una vez leído, no dudéis en escribir vuestra opinión, sobre el contenido o sobre mi forma de escribir. Tampoco os cortéis a la hora de hacer alguna corrección o colgar un enlace a un blog, aquellos que estéis interesados en que me pase por alguno o que tengáis el vuestro propio. Espero ansiosa vuestros comentarios, solo queda desear que os guste.
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